Conectados, ¿pero con qué?

Gaston Bachelard ofrece una clave inesperada para pensar este fenómeno. Aunque escribió mucho antes de internet, su filosofía de la imaginación creadora cuestiona una lógica que hoy domina la cultura: confundir comunicación con experiencia. Para el pensador francés, la imaginación no consiste en reproducir imágenes, sino en producirlas. Una imagen auténtica inaugura una realidad; no se limita a reflejarla.
La cultura digital, sostenida por un flujo incesante de fotografías, videos y estímulos, privilegia con frecuencia la repetición. El desplazamiento infinito de una pantalla produce la ilusión de novedad cuando, en realidad, recicla formas conocidas. Bachelard advertía un riesgo semejante al distinguir la percepción de la imaginación: la primera registra el mundo; la segunda lo transforma. Sin ese gesto creador, la imagen termina convertida en mercancía o decoración.
Paradójicamente, el mismo entorno hiperconectado también alberga posibilidades inéditas. Nunca había sido tan sencillo que una voz periférica dialogara con otra situada al otro lado del planeta, ni que una tradición local encontrara resonancias inesperadas. La tecnología amplía el espacio común, pero no garantiza la profundidad del encuentro.
Quizá el desafío contemporáneo no sea producir más imágenes, sino recuperar la capacidad de habitarlas. Bachelard llamó ensoñación a ese estado de apertura donde una imagen deja de consumirse para convertirse en experiencia. En tiempos gobernados por la inmediatez, esa disposición puede parecer un lujo. Tal vez sea, en cambio, una forma discreta de resistencia cultural: recordar que la verdadera conexión no ocurre cuando todo circula, sino cuando algo, por un instante, transforma nuestra manera de imaginar el mundo.
