Capibaras y nutrias para acariciar: el lado oscuro de los cafés de animales en Asia

En el corazón de Bangkok, visitantes pagan por acariciar capibaras como si fuera lo más normal del mundo. Estos roedores sudamericanos, convertidos en celebridades virales, llenan cafés que ofrecen sesiones de fotos y alimento para atraer público. El fenómeno no es aislado: desde Tokio hasta Guangzhou, los cafés con animales exóticos se multiplican.

Detrás de esta moda hay un problema creciente. Especialistas en conservación alertan que muchos de estos animales llegan a Asia por redes de tráfico ilegal. Aunque las capibaras no están en peligro, su exportación está prohibida en varios países sudamericanos, y expertos advierten que la cadena de suministro legal e ilegal suele mezclarse. En Japón, por ejemplo, se han rastreado nutrias de cafés hasta zonas de caza furtiva en Tailandia.

Los cafés de animales exóticos surgieron hace décadas, primero con gatos y luego con especies cada vez más raras: búhos, mapaches, nutrias, suricatas. En algunos países se han endurecido normas, pero en otros el negocio crece sin freno. Solo en China, empresas registradas como “zoos interactivos” pasaron de menos de cien a más de mil ochocientas en cinco años.

A la preocupación por el tráfico se suma el riesgo ecológico. Hay países que temen que animales importados se vuelvan invasores si escapan. Las capibaras, por ejemplo, se reproducen rápido y toleran distintos climas, lo que ya ha provocado decomisos preventivos en Costa Rica.

Organizaciones internacionales coinciden en que estos cafés no solo mueven animales: también generan deseo de poseerlos. Tras una sesión con una nutria o una capibara, muchos clientes salen pensando que podrían tener una en casa. Esa demanda, advierten, alimenta la captura clandestina y presiona a especies ya vulnerables.

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