Así es la comida en una prisión federal de EU, donde hoy come Nicolás Maduro

La detención de Nicolás Maduro el 3 de enero de 2026 y su ingreso al Metropolitan Detention Center de Brooklyn colocaron la atención en un aspecto poco visible del sistema penitenciario federal: la alimentación diaria. Más allá del impacto político del caso, la vida en prisión se rige por rutinas estrictas, y la comida es una de las más reguladas.

En las cárceles federales de Estados Unidos, la alimentación no es un beneficio ni un privilegio. Se considera un servicio operativo esencial y está regulada por lineamientos nacionales que fijan menús, porciones, horarios y costos. Bajo estas reglas, no existen tratos diferenciados: todas las personas privadas de la libertad reciben los mismos alimentos, sin importar su perfil público o el delito que se les impute.

Menús estandarizados y porciones medidas

En centros como el MDC de Brooklyn se sirven tres comidas al día entre semana, mientras que los fines de semana el esquema cambia a desayuno, brunch y cena. Los horarios son fijos y el menú se define a nivel nacional, lo que impide adaptaciones locales o preferencias personales.

El desayuno suele ser básico: cereal, avena, pan dulce o fruta, con café limitado. La comida y la cena siguen una estructura repetitiva: una proteína de bajo costo, un acompañamiento alto en carbohidratos como arroz, pasta o puré de papa, un vegetal cocido y, en algunos casos, un postre sencillo. El objetivo es cubrir los requerimientos nutricionales mínimos, no ofrecer variedad ni una experiencia gastronómica.

Las porciones están estrictamente controladas y calculadas por especialistas en nutrición. El consumo diario promedio se ubica entre 2,000 y 2,500 calorías. No hay segundas raciones ni ajustes individuales. En la práctica, quienes cuentan con recursos económicos suelen complementar su dieta mediante la comisaría interna, donde se venden productos procesados y de larga duración.

Costo, dietas especiales y vida cotidiana

El sistema contempla dietas especiales por razones médicas, religiosas o vegetarianas, pero estas se resuelven, en la medida de lo posible, mediante la selección de componentes del menú general. No se trata de platillos personalizados, sino de sustituciones simples basadas en alimentos empaquetados o enlatados.

El eje que atraviesa toda la operación es el costo. Cada prisión planifica compras y producción con el objetivo de mantener el gasto diario por interno en niveles mínimos, lo que explica la estandarización del menú y el uso constante de insumos económicos. Alimentar a una persona en el sistema federal cuesta apenas unos cuantos dólares al día.

La normativa establece que la comida no puede utilizarse como castigo. Incluso en confinamiento o traslados, los internos deben recibir raciones equivalentes. En este entorno, la alimentación pierde cualquier rasgo cultural o identitario y se convierte en un acto funcional, pensado para sostener el día a día dentro de una rutina cerrada y altamente controlada.

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