EL SUEÑO PERDIDO: HASTA EL SIGLO XVII LA HUMANIDAD DORMÍA EN DOS TIEMPOS Y MADRUGABA SIN CULPA

Un estudio histórico con más de 500 documentos revela que despertarse a medianoche no era insomnio, era la norma. El patrón desapareció con la luz eléctrica y el horario de la fábrica, pero el cuerpo nunca lo olvidó.

Hasta el siglo XVII nadie dormía del tirón. No por falta de comodidad. Por costumbre.

Se acostaban sobre las diez de la noche, cuando caía el sol. Dormían unas cuatro horas. Hacia la medianoche se despertaban. No por error. Estaba previsto.

Ese rato tenía nombre. Al de antes lo llamaban primer sueño y al de después, segundo. En francés antiguo existía incluso una palabra específica para ese hueco: dorveille, que juntaba dormir y estar despierto.

Durante esa hora larga la gente avivaba el fuego, remendaba ropa, rezaba. Muchos ni se levantaban: se quedaban en la cama hablando a oscuras. En una de las actas que se conservan, una mujer declara que su madre se levantó del primer sueño y se puso a fumar en pipa junto a la chimenea.

LA FUENTE CIENTÍFICA

El descubrimiento no es folclore. Es el trabajo de más de 16 años del historiador A. Roger Ekirch, profesor de Historia de la Virginia Tech (Instituto Politécnico y Universidad Estatal de Virginia, http://EE.UU.), autor del libro At Day’s Close: Night in Times Past (2005).

Ekirch reunió más de 500 referencias documentales que prueban la existencia del sueño segmentado o bifásico: diarios personales, libros de medicina, obras de teatro, cartas, artículos periodísticos y, sobre todo, actas judiciales.

Su hallazgo inicial fue fortuito: una declaración penal de 1699 en Inglaterra. «Son una fuente maravillosa para los historiadores sociales porque hacen comentarios sobre actividades que a menudo no están relacionadas con el crimen en sí», explica Ekirch. En ella, la testigo se refería con total naturalidad a haberse levantado de su «primer sueño». «Se refirió a ello como si fuera completamente normal», recuerda el historiador. «Un primer sueño implica un segundo».

Al ampliar la búsqueda a bases de datos digitales, encontró el mismo patrón en toda Europa. Desde Los Cuentos de Canterbury de Geoffrey Chaucer (1387-1400) hasta documentos de la Edad Moderna. La evidencia era omnipresente.

La tesis fue validada posteriormente por otros académicos, como el historiador Craig Koslofsky, y por la psiquiatría del sueño.

LA DESAPARICIÓN

El sueño bifásico empezó a borrarse a finales del siglo XVII entre las clases altas urbanas del norte de Europa, que ya tenían acceso a iluminación artificial. Con la llegada de las lámparas de aceite, el alumbrado público a gas y, finalmente, la bombilla eléctrica, la gente pudo acostarse más tarde y unificar el descanso en un solo bloque de ocho horas.

El golpe definitivo lo dio la Revolución Industrial y el horario de la fábrica. La puntualidad y la jornada continua volvieron ineficiente dormir dos veces. En los años veinte del siglo pasado ya nadie recordaba que aquello hubiera existido.

EL CUERPO NO SE ENTERÓ

En 1992, el psiquiatra Thomas Wehr, del Instituto Nacional de Salud Mental de http://EE.UU., demostró en laboratorio lo que la historia contaba. Al dejar a voluntarios 14 horas en oscuridad total durante varias semanas, sin luz eléctrica, su sueño se dividió de forma espontánea en dos fases de 4 horas con una o dos horas de vigilia tranquila entre medio, acompañada de un aumento de prolactina, una hormona que induce calma.

Los despertares de madrugada siguen ahí, en el paso de una fase del sueño a otra. Es fisiológico.

Lo que cambió es lo que hacemos con ellos.

Antes se atizaba el fuego. Ahora nos quedamos quietos mirando el techo, calculando cuántas horas quedan para sonar el despertador. Y esa cuenta es la que alarga la noche.

Por eso lo primero que recomienda hoy un terapeuta del sueño es tapar el reloj. No para que pase menos tiempo. Para que dejes de contarlo.

Con la mente ocurre lo mismo. Lo que aparece casi nunca es el problema. El problema es que nos ponemos a medirlo.

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