Una marea amarilla toma La Minerva

Cuando el sol comenzó a caer detrás de los edificios de la avenida López Mateos, la glorieta de La Minerva dejó de ser uno de los símbolos más reconocibles de Guadalajara para convertirse, por unas horas, en una extensión de Bogotá, Medellín o Cali.

Miles de aficionados colombianos vestidos de amarillo llegaron desde distintos puntos de la ciudad para protagonizar el banderazo previo al partido de la selección cafetera frente a República Democrática del Congo.

Lo hicieron entre banderas gigantes, tambores, trompetas, camisetas de todas las épocas.

Desde antes de la hora convocada, grupos de seguidores comenzaron a concentrarse alrededor de la fuente. Algunos llegaron en caravanas de vehículos adornados con banderas; otros caminaron desde hoteles cercanos o descendieron de autobuses turísticos. Los cánticos aparecieron de forma espontánea y se fueron encadenando unos con otros hasta formar un coro permanente que envolvió la glorieta.

“¡Soy colombiano, es un sentimiento, no puedo parar!”, retumbó una y otra vez mientras familias enteras buscaban espacio para tomarse fotografías frente a La Minerva. Entre los asistentes había quienes viajaron exclusivamente para seguir a la selección durante el torneo y quienes llevan años viviendo en México, pero encontraron en la concentración una forma de reencontrarse con su país.

La fiesta también tuvo sabor local. Decenas de tapatíos se acercaron atraídos por la música y terminaron mezclándose con los visitantes. Hubo abrazos, intercambio de camisetas, fotografías y conversaciones improvisadas. La relación entre colombianos y mexicanos, fortalecida durante las últimas semanas por la presencia de la selección en Guadalajara, volvió a hacerse evidente en uno de los puntos más emblemáticos de la ciudad.

La expectativa era grande. Colombia llegó a Guadalajara después de vencer a Uzbekistán en su debut y con la posibilidad de acercarse a la siguiente ronda si consigue un resultado positivo ante el conjunto africano. La selección dirigida por Néstor Lorenzo estableció su campamento en la capital jalisciense y desde su llegada ha encontrado un respaldo constante de sus seguidores, que han acompañado cada entrenamiento, recorrido y aparición pública del equipo.

A medida que avanzaba la tarde, la multitud seguía creciendo. Los tambores marcaban el ritmo mientras las banderas amarillas, azules y rojas ondeaban alrededor de la fuente. Por momentos resultaba difícil encontrar un espacio libre entre la gente. La Minerva, acostumbrada a recibir celebraciones deportivas de los equipos tapatíos y de la selección mexicana, se pintó de amarillo.

Cuando la noche comenzó a cubrir Guadalajara, los aficionados siguieron cantando. No había partido esa noche, pero tampoco hacía falta: el banderazo era, por sí mismo, una declaración de presencia. Durante unas horas, en el corazón de Jalisco, miles de colombianos hicieron sentir que su selección ya jugaba en casa.

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